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Pablo nos proporciona el primer texto cristiano sobre la sexualidad y el matrimonio. En él defenderá una relación de paridad entre la mujer y el hombre en el matrimonio, una relación en la que la igualdad y el mutuo acuerdo serán la norma de convivencia.

Defenderá las relaciones sexuales en la pareja como lo normal, lo ordinario, lo cotidiano. Unas relaciones en las que la igualdad radical será la norma suprema. Unas relaciones en las que se produce una entrega incondicional entre los cónyuges, del uno al otro: el hombre se convierte en don para su esposa, y la mujer en don para su esposo.

Tiene una visión altamente positiva del matrimonio: es un don de Dios, un carisma del Espíritu. Y, al mismo tiempo, una realidad salvífica, un lugar de santificación.

Por otro lado, concibe el matrimonio como una realidad indisoluble. Su oposición a un segundo matrimonio, en vida del cónyuge, nace de la convicción de que ésta es la voluntad de Jesucristo el Señor. Y este convencimiento tiene más fuerza si constatamos que está en discontinuidad tanto con el pensamiento judío de la época como con las costumbres grecorromanas. Pero no exigirá heroísmos extremos. Los cónyuges creyentes han de hacer todo lo que esté en su mano por reconciliarse entre ellos siempre, también cuando hay dificultades graves. La llamada cristiana es a vivir en la paz de Cristo y esta paz merece el esfuerzo de la reconciliación, reconciliación que nos ha ganado Cristo en la cruz. No exige aguantar estoicamente cuando no hay solución posible. Si la reconciliación, si el vivir en paz, es del todo impracticable, queda el último recurso de la separación, no del divorcio.

La fuerza de la unión matrimonial es defendida aún en el caso de matrimonios celebrados antes de la conversión. La fe del cónyuge creyente, incluso aunque el otro cónyuge no abrace la fe, santifica dicho matrimonio y el fruto del mismo, los hijos. De forma que si el cónyuge no creyente está conforme con seguir compartiendo la vida conyugal con el hermano o la hermana creyentes, no deben separarse. Pero, lógicamente, tampoco en este caso impone heroísmos en situaciones extremas: el casado o la casada cristianos no están obligados a seguir compartiendo su vida con una persona que les hace la vida imposible: para vivir en paz os llamó el Señor (v. 15). También en este caso deja la puerta abierta a una posible separación

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