Con profundo dolor y en la esperanza de la Pascua sentimos transmitir la noticia del fallecimiento, hoy 19 de noviembre de 2025, de D. Josep Rius-Camps, a la edad de 92 años. Había nacido en Esparreguera en 1933, se doctoró en Ciencias Eclesiásticas Orientales por el Pontificio Instituto Oriental de Roma (1968), donde impartió docencia, como también lo hizo en el Agustinianum de Roma y en la Universidad de Münster (Alemania). Actualmente, era profesor emérito de la Facultad de Teología de Cataluña.
Publicó numerosos estudios -principalmente en catalán, castellano e inglés- sobre patrística (Orígenes, las Pseudoclementinas e Ignacio de Antioquía) y sobre el Nuevo Testamento (Marcos y Lucas-Hechos), con una atención especial por el Códice Beza.
Fue el director de la Revista Catalana de Teología desde su fundación en el año 1976 hasta el 2008. Y desde 1980 era miembro de la Asociación Bíblica Española.
| Reseña de Pere Cané |
Nos ha dejado Josep Rius Camps, un investigador nato. Nacido en 1933 en Esparreguera, al pie de Montserrat, falleció el 19 de noviembre a los 92 años.
Se hace difícil condensar en pocas palabras una personalidad tan polifacética como la suya. Montañista infatigable, amante de la naturaleza, excelente fotógrafo, cultivador de rosas y orquídeas, comprometido en lo social, inventor de dispositivos y recursos –cuando se lo requería el estudio–, conocedor de lenguas –tanto antiguas como modernas– con muchos viajes a sus espaldas, gran conversador –de todos los temas, le encantaba especialmente la física y la astronomía–, valoraba la amistad por encima de todo, y su casa y mesa estaban siempre abiertas. Ha sido un ser humano muy completo.
En el ámbito académico cabe destacar que ejerció la docencia en Münster –donde coincidió con el joven profesor Ratzinger, que le invitó a su casa–, en Roma (Instituto Oriental y Agustinianum) y en la Facultat de Teologia de Catalunya. Fue también el fundador y primer director de la Revista Catalana de Teologia (1976-2008). Trabajador infatigable, aunque profesor emérito, seguía dirigiendo el Seminari de Teologia dels Escriptors Pre-Nicens, en Barcelona, hasta este octubre. Ha publicado más de veinte libros, traducidos a diversas lenguas (su último –una novela– aparecerá próximamente de manera póstuma) y 245 artículos científicos.
En la Alemania de los años sesenta se le preparaba un futuro prometedor como joven profesor asistente, también en lo económico. Precisamente entonces decide regresar a Catalunya para integrarse en la recién fundada Facultat de Teologia de Barcelona (después, ‘de Catalunya’). Eso dice mucho de su persona: además de la amistad, valoraba la libertad por encima de fama y reconocimientos.
Desde esa libertad, su trayectoria le llevó de Tomás de Aquino –sobre quien, inicialmente, pensaba realizar su tesis doctoral– hasta el Nuevo Testamento, pasando por Orígenes de Alejandría, las Pseudoclementinas, e Ignacio de Siria (no ‘de Antioquía’, como le gustaba precisar). Y entre los escritos neotestamentarios, pasó de Lucas-Hechos a Marcos, y recientemente a Juan, que consideraba el primero de los evangelios escritos.
Pep, como le gustaba que le llamáramos (o Pepe, fuera de Catalunya) se definía como investigador. Solía recordar que en Inglaterra le llamaban ‘the Catalan Sherlock Holmes’. Su aproximación a los textos era ciertamente detectivesca. Su método consistía en ‘escuchar’ al texto. Decía que hemos enmudecido los textos, y hay que dejarles hablar, desde una actitud de escucha –hay que decir que su inigualable conocimiento del griego se lo permitía–. Había que dejar a un lado lo que otros investigadores habían ya escrito (siguiendo la recomendación que le hizo el director de su tesis, el célebre jesuita Antonio Orbe: “usted no lea nada, ¡vaya directamente al texto!”).
Esta manera de proceder le llevó a ‘enamorarse’ –como él decía– del Códice Beza (en el proceso intervino el entonces rector del Bíblico, Carlo M. Martini). Para Pep este manuscrito presenta los textos más próximos al escrito inicial de los evangelios.
Para terminar, no haríamos justicia a su persona si no hiciésemos referencia al ámbito pastoral, tan presente en su quehacer diario. Sacerdote desde 1957, vivió en la ermita de Sant Pere de Reixac durante cinco décadas, siendo el párroco de dicho lugar hasta su ingreso en una residencia de Barcelona el pasado 28 de octubre, debido a que la enfermedad le había ido debilitando desde este último verano.
Nos ha dejado no sólo un investigador nato, sino un amigo lleno de sabiduría y humanidad.
Pere Cané