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El pasado domingo 26 de mayo, rápido y sin hacer mucho ruido, fray Miguel de Burgos Núñez, OP, atravesaba la puerta de la muerte, como él solía decir, acompañado de su familia, amigos y de sus frailes dominicos. Fray Miguel de Burgos nació en 1944 en Villahermosa (Ciudad Real) por los azares de la vida, ya que su padre era guardia civil y estaba allí destinado. Manchego de nacimiento, pero andaluz de crianza. Estudió en los mejores centros internaciones de la Orden de Predicadores del mundo: el Angelicum de Roma y la Escuela Bíblica de Jerusalén. Sirvió a la Orden de Predicadores de muchas formas: como Regente de Estudios, prior conventual y, por último, como Prior Provincial de los dominicos de Andalucía (2009-2016). 

 

Si tuviéramos que dibujar con dos trazos la figura fray Miguel, bastarían dos palabras: cátedra y púlpito, o dicho de otra manera, maestro y predicador. Fray Miguel fue catedrático de Sagrada Escritura (Nuevo Testamento) del Centro de Estudios Teológicos (CET) de Sevilla durante 40 años. La Iglesia en Sevilla, su clero especialmente, fue formado bíblicamente por fray Miguel. Enseñó y predicó al apóstol de los gentiles, a Pablo, a tiempo y destiempo, desde las caracolas de San Telmo hasta donde hoy se encuentra el seminario, en la Avd. Bueno Monreal. Fue profesor invitado en varias facultades de Teología en España y del extranjero (Granada, Valencia, Madrid, Salamanca…). Fue distinguido en el año 2016 con el mayor título que otorga la Orden de Predicadores: Maestro en Sagrada Teología, por su vida dedicada al estudio y a la enseñanza de la Palabra de Dios.

Y el otro gran trazo fray Miguel: predicador, el púlpito, la palabra. Fue un fraile dominico dotado con el don de la palabra, sin lugar a dudas. Con su palabra humana, fue capaz de traducir la Palabra de Dios a la gente de a pie. Y esto no lo aprendió en la cátedra, sino en púlpito de San Jacinto. Fue vicario parroquial de dicha parroquia en años hartos complicados tras el Concilio Vaticano II, donde no se entendía nada de lo que estaba pasando. Los grupos de matrimonios, coro, catequesis, las hermandades de la Estrella y del Rocío fueron testigos de aquel fraile joven dominico que comenzaba a predicar. En el año 1981, dejo la parroquia, pues la Orden le pidió que se hiciera cargo de los estudios de los dominicos en Andalucía, en el Convento de Santo Tomás de Aquino en la calle San Vicente. En este convento, y gracias a la fuerza de su palabra, la misa de 12:30 se convirtió en un lugar al que se iba a escuchar hablar de Dios. Su palabra había ya tomado una madurez única. Una madurez que no dudó en llevarla también a las hermandades de Sevilla, cuando se lo pedían. Predicó convencido de que su palabra podía abrir en los corazones de las personas caminos hacia Dios. Con su verbo, fue capaz de tocar el corazón de muchas personas para que esas personas caminaran de nuevo hacia Dios. Con su verbo, fue capaz de hacer de levantar al que estaba abatido y sin esperanza; con su verbo, fue capaz de poner palabras a los sentimientos de las personas; con su verbo, fue capaz de hacer saltar las lágrimas, porque uno se sentía amado gratuitamente por Dios. Con su verbo, enseñó a predicar a muchos frailes novicios. Él era consciente del don que Dios le había dado: el don de la palabra. Y ese don, como el perfume del Evangelio, los derramó hasta la saciedad. Sevilla y muchos sevillanos han tenido la suerte de ser la tierra que ha sido inundada del perfume del Evangelio, gracias también a fray Miguel.

José Rafael Reyes González, OP

 

 

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